¿Adolfo Hitler en Casa Grande?


Muchos mitos se han tejido en torno a los últimos días y la muerte de uno de los personajes más despiadados de nuestra historia, Adolf Hitler. Sin embargo, el que llamó profundamente mi atención fue el contado por los descendientes de la señora Grimaneza Tafur. Según el relato, una mesa adornada con la esvástica y el izamiento de la bandera peruana al costado de la alemana marcaron la estadía del Fiurer en el dulce Casa Grande.

Se comenta que a finales de la segunda guerra mundial, muchos alemanes en busca de refugio y tratando de alejarse de las atrocidades propias del conflicto bélico, ingresaron ilegalmente al Perú. Ellos, se vieron favorecidos por la familia Gildemeister, de origen alemán y dueños de la hacienda azucarera Casa Grande, quienes también, en convenio con el Estado, construyeron el muelle de Malabrigo en 1915.

De este modo, la historia detalla como a principios del siglo pasado, muchas familias o refugiados nazis arribaron al puerto Malabrigo, para después retomar el camino hasta las tierras de los Gildemeister. 

Entretanto, en el apacible Casa Grande, la señora Grimaneza Tafur, se desempeñaba como trabajadora del hogar, reuniendo entre sus cualidades, el haber trabajado en varias casas de familias alemanas, instaladas en el “Casino” de la Hacienda Casa Grande. Todo ello, le valió ocupar un puesto dentro de la casa del gerente general Enrique Gildemeister, de quien también se granjeó la confianza.

Sin embargo, la historia que vivió una tarde, mientras desempeñaba sus quehaceres diarios, la impactó tanto que luego de muchos años, rompió el velo de su discreción y se la narró con lujo de detalles a sus hijos y nietos.

Según palabras de Doña Grimaneza, los hechos ocurrieron así: “Era 1946, un día del mes de Junio  mi patrón se levantó muy temprano, se le veía muy preocupado. Ese día me pidió algo muy raro, me dijo que reuniera solo al personal de confianza de la casa, y así lo hice, luego nos ordenó que hiciéramos un banquete a base de solo vegetales y nada de carnes, ordenó traer la mesa especial que había mandado a confeccionar, con una cruz media rara y hasta envió al jardinero a izar las banderas Peruana y de Alemania que teníamos guardadas sólo para ocasiones especiales, luego salió. Me enteré que fue a pedir que vengan más guardianes para que cuiden por afuera de la casa.

De pronto, mi patrón, Don Enrique (Gildemeister), regresó a la casa en compañía de un señor, bajito nomás, estaba flaquito, dicen que lo había traído en autocarril desde el muelle de Malabrigo, en un largo y cansado viaje. Le dimos la mejor atención como nos había ordenado el patrón. Recuerdo que Don Enrique le decía Fiurer.

En los pocos días que estuvo aquí, mi patrón lo llevó a conocer los campos y la fábrica. Y el último día de su estancia, cuando me mandaron a preparar su  equipaje,  pude ver entre sus cosas una tarjeta donde estaba su foto y  abajito decía: Kurt Bruno Kirchner, lo recuerdo clarito porque lo anoté en un papelito. Luego partió una madrugada con Don Enrique y jamás lo volví a ver.

Por curiosidad le pregunte al patrón sobre esa cruz rara que estaba grabada en el centro de la mesa, y me dijo: “Es la esvástica y no preguntes más”.  A mí me dijeron después, cuando se fue, que era un tal Hitler, pero la verdad es que yo no tenía idea de quien era, solo sé que esa hermosa mesa con una cruz rara estampada quedó como testimonio del paso de ese personaje por el valle de Chicama".


Si bien, no existen datos fehacientes que corroboren este relato, sí hay testimonios de muchas personas que detallan haber visto la mencionada mesa. Del mismo modo, no era nada extraño observar que algunas viviendas de los alemanes ostentaran, por motivos que sólo ellos conocían, la bandera alemana junto a la peruana.

Aunque algunos aseguran que el relato se debe a una confusión existente en torno a la estancia de Hitler en la Casa Grande, que era parte de finca Santo Domingo ubicada en Chiapas, Méjico y que fue construida en 1920, por el alemán Enrique Braun, cuñado de Hitler . Sin embargo, debido a la cercanía de los Gildemeister con sus compatriotas alemanes y al constante apoyo que les fue brindado, no es descabellado pensar que el relato de doña Grimanesa es real.

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